lunes, 12 de septiembre de 2016

Pambelé tenía razón

Es difícil de entender que en doscientas noventa y siete páginas del acuerdo entre el gobierno Santos y el grupo narcoterrorista de las Farc no exista una sola alusión al dinero que este grupo terrorista tiene, y que debería entregar para resarcir las victimas que dejaron durante los más de cincuenta años de vida delincuencial. Estos inmensos recursos, aunados al control territorial que tendrán, pueden generar un problema mayor al que se supone estamos acabando.

El gobierno fuera de haberles dejado intactos los recursos producto de actividades ilícitas como secuestro, narcotráfico y minería ilegal, se está comprometiendo en el acuerdo a gastar en el postconflicto cantidades astronómicas de recursos que pondrán al país en una difícil situación ante el mercado de capitales.

La democracia va a ser atacada cuando estos maleantes empiecen a tener control territorial utilizando estos recursos para ganar elecciones, y para seguir con sus actividades.

Pero no solo el acuerdo funciona con el cochino billete, todo hoy en día funciona alrededor de este. La mal llamada mermelada, los contratos, los puestos o los cupos indicativos no son más que vehículos que utiliza el gobierno para comprar adhesiones o respaldo de políticos al gobierno. El apoyo de miembros del Partido Conservador al Sí del plebiscito seguramente será canjeado por algo de esto.

Los medios de comunicación, especialmente los escritos, son comprados por el gobierno con publicidad y con contratos para que respalden sus planes de gobierno. Terminan siendo no más que pasquines con publirreportajes, pero sobreviven a la crisis.

Al final lo que nos dice todo esto es que Pambelé tenía razón. Es mejor ser rico que pobre y esto lo capto perfectamente el gobierno Santos, que ha sabido utilizar los recursos del estado para conseguir respaldo o, como en el caso del acuerdo, con las Farc, al cerrar los ojos ante los recursos mal habidos de estos para que ellos firmaran un acuerdo sin entregar un solo peso. Los dejara millonarios y libres de toda culpa.

El amor que le tiene la humanidad al billete hace que la corrupción cada día tenga más fuerza, todos quieren ser ricos, y cada vez el tema ético es menos importante. Lo que importa es el cochino billete.


domingo, 4 de septiembre de 2016

Vientos de cambio



Aunque es prematuro cantar victoria, existen señales que por fin la Fiscalía General de la Nación empezará a impartir justicia imparcial, sin tintes políticos y sin ideología de género.

Desde que la Constitución de 1991 creó la fiscalía, esta no ha dado los resultados esperados. Los fiscales nombrados hasta ahora han venido con partitura propia, se ha permitido la infiltración del narcotráfico -y por ende de la narcoguerrilla- desde el principio y, en la ultima dirección,fue claro el aumento de la corrupción, de los contratos como favores a amigos y del favoritismo en el nombramiento de personas por cuenta de su condición sexual o su enemistad con determinada ideología.

Pero: ¿por qué digo que veo vientos de cambio? Primero que todo, confío plenamente en las condiciones del nuevo fiscal, no solo profesionales, si no de carácter y de talante. Esto lo ha demostrado con algunos cambios de manejo en algunos procesos que el país estaba esperando.

En el tema de Interbolsa, que no solo generó unas perdidas económicas para los inversionistas que habían confiado sus recursos a esta entidad, parece ser que los verdaderos responsables de esta hecatombe van ser imputados y fueron cerradas las opciones de liberación. Este caso es importante ya que dio un golpe duro al mercado público de valores y al desarrollo del mercado; desde el 2012 el mercado no se ha recuperado, los volúmenes de negociación disminuyeron, la confianza no ha vuelto y, me atrevo a decir que parte del lío actual de las libranzas, viene por recursos sacados por los inversionistas del mercado regulado a estas nuevas pirámides.

El tema de la aspersión aérea para la erradicación de los cultivos ilícitos también está en la agenda de esta fiscalía porel lado de volverlo a permitir. Colombia no se puede dar el lujo ad portas de un supuesto proceso de paz a que siga creciendo el principal motor de la violencia en el país, el narcotráfico.

El último tema que oí, y tal vez el que me tiene más optimista, es el cambio en el manejo y el curso que se le quiere dar al proceso sobre el asesinato de Álvaro Gómez Hurtado. Este proceso ha sido manipulado por todas las administraciones de la fiscalía porque claramente hay pesos pesados tipo elefante dentro de las investigaciones. Espero pronto tener noticias de nuevos vientos en esta investigación.

No quiero terminar esta columna sin hablar también del cambio de la fiscalía frente a los medios. Estábamos cansados de que se filtraran los casos, las sentencias etc. Este fiscal claramente quiere hacer un cambio. Bienvenido sea.

viernes, 2 de septiembre de 2016

Grandeza tributaria

Aparentemente el gobierno radicará en el Congreso la tan esperada reforma tributaria estructural después de la votación del plebiscito independientemente de quién gane, si el Sí o el No.

Que uno de los grandes escuderos del presidente haya escrito que el país debería hacer caso omiso de la regla fiscal, y por ende de las calificadoras de riesgo, y endeudarse más no deja de asustar ya que, probablemente, el artículo le fue comentado con antelación a Santos.

Colombia siempre ha sido un buen pagador, y debe seguir siéndolo, pues la regla fiscal ha sido un buen parámetro para controlar a demagogos y gastadores compulsivos. El riesgo hoy son las necesidades de recursos que se necesitan para el mal llamado posconflicto. No existe chequera que aguante lo que se acordó en La Habana.

La reforma tributaria que se presente debe ser muy bien estructurada porque se necesitan conseguir muchos recursos adicionales, y como ya tenemos una de las tasas de tributación más altas del mundo, existe el riesgo de afectar el crecimiento y la inversión extranjera.

Seguramente se necesite romper paradigmas como incluir productos de la canasta familiar dentro de los bienes sujetos al IVA y aumentar este impuesto en por lo menos tres puntos, del 16% al 19%. Se benefician más los estratos altos que los bajos con las exenciones del IVA en productos básicos.

Pensar que impuestos temporales siempre se han convertido en permanentes hace hoy impensable acabar con el GMF y con el impuesto a la riqueza.

Lo ideal es tener un estatuto tributario simple, que se paguen impuestos por ingresos y no por patrimonio, ya que esto hace difícil que las amnistías funcionen, y que disminuya la evasión.

Aumentar la base de personas que tributen es una buena opción, pero es poco probable. La concentración de la riqueza en Colombia es muy alta, al igual que el trabajo informal, entonces el asalariado formal y la clase media han sido los más perjudicados en las últimas reformas.

Mirando un poco el desempeño de los diferentes sectores de la economía se debería pensar en tasas de tributación diferenciales. Por ejemplo, al sector bancario en Colombia se le puede poner una carga tributaria adicional y seguirá siendo rentable, mientras que sectores como el agrícola deberían tener tasas de tributación mas bajas.


Por último, la reforma que se radique en el Congreso debe tener el margen de maniobra suficiente para que congresistas puedan cortar y meter sus micos, para que estos no la dañen y pasemos otra vez con una mala reforma que cubra solo el hueco fiscal del año.

domingo, 14 de agosto de 2016

El daño está hecho

Estamos ad portas de salir a votar por el plebiscito. Las cuentas están bastante cerradas y parejas entre el Sí y el No, lo que es un poco extraño teniendo en cuenta que todavía los colombianos no hemos visto los acuerdos firmados, y los temas más relevantes siguen en vilo.

Nunca antes ningún gobierno había logrado una polarización tan grande y peligrosa para el país. Muchas de las cosas que unían amistades están desquebrajadas al punto que en reuniones de amigos se ha prohibido hablar de paz y de política para que no se terminen.

Convertir un anhelo de todos en una política de gobierno y manejarla a su antojo sin el consenso del país fue un error, sobre todo cuando esta implica perdón y olvido para los más grandes malhechores de todos los tiempos.

Malhechores que, aunque el gobierno les ha tendido la mano, siguen a través de las redes sociales demostrando que no están agradecidos ni arrepentidos, agrediendo a la sociedad, añorando a asesinos, que siguen pensando igual, y que quieren llegar al poder para vengarse y cambiar todos los cimientos de la sociedad.

En cualquier país del mundo un plebiscito como este obtendría una votación por el Si mayor al 80%. Que en Colombia haya tanta reacción sólo se explica que no se ha hecho bien ni de frente al país.

Siempre tuve la ilusión que la Corte Constitucional echaría para atrás el plebiscito, y que termináramos en una asamblea constituyente con todas las partes del país involucradas. De esta manera hubiéramos logrado el consenso que el país necesita.

Me preocupa mucho que gane el Sí porque el presidente lo tomará como un triunfo, y no tengo claro que leyes terminará haciendo con la ley habilitante que le dió el Congreso a cambio de mermelada.

Que gane el No tampoco me deja del todo tranquilo, primero porque no se sabe que camino cogerá el gobierno, y segundo porque la oposición tampoco tiene un camino de ruta claro sobre que hacer.


Si el presidente quiere verdaderamente hacer el bien por Colombia, debe a toda costa acabar la polarización en la que estamos; busque consensos, apague los defensores de oficio que agreden, dele a la oposición valor y voz, pero por sobre todo, acuérdese que el orgullo y el ego son malos consejeros.

domingo, 7 de agosto de 2016

El diablo está en los detalles

Aunque los diálogos con las Farc llevan más de cuatro años, y es indiscutible que se han hecho avances importantes, falta el cierre final que involucra cerrar las salvedades o puntos en los que se está en desacuerdo, así como gran parte de la operatividad de los acuerdos.

Los buenos cocineros tienen la misma receta base que usted o yo para hacer sus platos, lo que los hace diferentes y exitosos son los detalles. Esto mismo pasa con estos acuerdos, firmar las generalidades no es difícil, lo complicado son cada una de las particularidades, y sobre esto los colombianos que vamos a votar el Plebiscito sabemos muy poco.

Temas como el funcionamiento de las zonas de concentración, el inventario y metodología de la entrega de las armas; la creación y composición del tribunal de justicia; la participación en política de los miembros de las Farc, las curules, etc. Conocer estos puntos es fundamental para que las personas puedan votar a conciencia.

Por lo tanto, la propuesta del presidente Santos acerca de votar el plebiscito sin que se hayan firmado el acuerdo, no sólo es descabellada si no que es otra trampa más que quiere poner el gobierno a su favor. Insisto que independientemente de si el procurador podía o no hacer las sesenta preguntas al presidente sobre el proceso, este debió contestarlas y dar tranquilidad a los colombianos dejando callada a la oposición. Tristemente, este gobierno insiste en hacer los acuerdos a espaldas del país y de no oír a sus contradictores.

Tuve la oportunidad esta semana de compartir programa de radio con dos defensores acérrimos del proceso de paz. Llegue ilusionado porque pensé que lograría reducir mis dudas y entender esa casi religión por el Sí, pero no, salí con más dudas. Veo mucha intolerancia a las preguntas y, pragmatismo en cuanto a que debemos entregar lo que las Farc pidan a cambio de su firma. Para ellos acabar la “guerra” no tiene precio.

Esperemos que esta vez el gobierno juegue limpio en el plebiscito, que no malgaste los recursos públicos, que no compre gobernadores y alcaldes a cambio de dadivas, que no venda el acuerdo como la panacea de la Paz. Porque así ganen, el malestar y desilusión de los colombianos puede costarnos una verdadera guerra.


Por cuenta de la demora en la firma de los acuerdos, y de la fecha del plebiscito, hay menos opción de lograr este año por parte del gobierno y el Congreso una reforma tributaria estructural. Esto pone en apuros las finanzas públicas y por supuesto la calificación de riesgo.